Shame
Shame tiene una trama sencilla. Un hombre, interpretado por Michael Fassbender, tiene que lidiar con la banalidad del día a día y con su adicción al sexo. Realmente no es una adicción al sexo o a la pornografía sino algo mucho más difícil de explicar. La trama se complica cuando aparece la hermana del protagonista, una cantante de música lounge que también atraviesa crisis personales. Es aquí donde la película pierde fuerza. El tema de adicción era más que suficiente para sostener el filme. La hermana no está totalmente desarrollada como personaje y algunos eventos parecen manipulaciones melodramáticas.
Una escena destaca por sobre todas las demás. Sumido en una relación sexual con dos mujeres al mismo tiempo la cámara desenfoca los cuerpos y por momentos se enfoca en el dolor del rostro del protagonista. Podemos pensar que McQueen sugiere que el hombre se ha vuelto una máquina y que realmente ya no disfruta del sexo sino más bien sufre. Una deformación casi victoriana del rostro de Fassbender combinada con pequeños atisbos a los cuerpos desnudos y a movimientos asincrónicos es el perfecto contexto para simbolizar el vértigo de un desenfrenado viaje hasta el fondo de una crisis llamada deseo.
